Mi pequeño partido del pueblo. De un Socialista que se hizo Pirata deliberadamente

Spanische Übersetzung aus dem ersten Kapitel meines Buches „Meine kleine Volkspartei“

Traducido al español del original en alemán de Wolfgang Gründinger: “Meine kleine Volkspartei. Von eine Sozi, der absichtlich Pirat wurde.” Obra publicada en 2013 por la editorial Eichborn.

NOTA DE ASESORES DE COMUNICACIÓN PÚBLICA: El partido social-demócrata alemán (SPD) enfrenta serios obstáculos de cara a las presidenciales que tendrán lugar el próximo otoño. Después de las reformas sociales que aprobara en su última legislatura (Agenda 2010), la pretensión del SPD de fijar como punto central de su campaña de nuevo las recetas sociales, choca con el desgaste que sufre entre sus votantes naturales. Conseguir movilizarlos es su principal reto. Además, el hecho de tener como candidato a Per Steinbrück, político conocido por sus “tropiezos comunicativos”, complica el escenario. Por otra parte, el SPD no atina a mostrar, de manera clara y contundente, que confía en sus propias posibilidades de derrotar a Angela Merkel. 

 

Y ahí estaba yo, en la Pflugstrasse 9a de Berlín-Mitte. Tras los ventanales, twittea y bloggea la sede central de los Piratas. ¿De veras debería hacerlo? ¿Quiero serle realmente  infiel al SPD? ¿Al partido con el que hace más de doce años he rozado todas las cimas y los abismos?

Después de que se me cruce un segundo la duda, sé que estoy seguro: sí, quiero. Diez minutos más tarde mi firma consta en el formulario: Soy Pirata. “Ya estaba tardando demasiado”, me susurra mi colega Johann, al confesarle  mi nuevo ingreso. Él vive frente por frente a la central de los Piratas, nos conocemos desde que estudiábamos. “Estaba clarísimo que terminarías siendo Pirata.”

¿Lo estaba?

Poco después de mi 16 cumpleaños llegué al SPD, en un tiempo en el que, en coalición roja-verde [SPD y los verdes] acababa de haber sido elegido para asumir la responsabilidad del Gobierno. Toda mi vida había gobernado [el conservador] Kohl. Yo no había conocido ningún otro Canciller, y nunca no me habría aventurado a  imaginar que algo cambiaría, que era posible que algo  cambiara. Hasta el 27 de septiembre de 1998, día de la elecciones generales en las que los socialdemócratas y los verdes lograron aunar tras ellos a la mayoría de la sociedad.

Yo era joven y estaba lleno de ideales. Quería ser partícipe, pelear por la libertad, luchar por el cambio energético, detener el deterioro de nuestro futuro. Me convertí en lo que llaman un “soldado del partido”: sacrificaba mis fines de semana en encuentros de la ejecutiva, seminarios y conferencias, y pronto llegué a reunir media docena de tareas desde la oficina local hasta la asociación regional, me convertí en repartidor de un folleto de difusión local del SPD, distribuía condones rojos a la entrada de las escuelas, un verano organizaba una “fiesta  de la tolerancia” en el nuevo centro de acogida (a la que casi nadie asistía) y colaboraba en los campamentos de verano de la SPD. Ni el calor, ni el frío, ni la lluvia podían impedir que estuviéramos en el Markplatz repartiendo nuestros aviones de papel entre un pueblo desinteresado y desesperanzado.

Siempre hubo cosas que  me removían el estómago, pero cuando Gerhard Schröder dictaminó la agenda de 2010, estuve a punto de tirar la toalla. Pero al igual que en la vida privada se quiere a los amigos con todas sus manías y sus fallos, y se busca serles fiel, así me sentía con el SPD, donde, a pesar de cualquier cosa, me sentía en casa. Ese era mi partido. ¿Por qué entonces aventurarme a dar un paso al lado y acercarme a los Piratas?

Cuando en julio de  2000 se me entregó mi libro rojo del partido, fue para mí como el ticket para luchar por un mundo mejor. Los excesivamente formalizados procedimientos electorales, en los que siempre salía victorioso el único candidato y con mayorías propias del bloque comunista, eran a mi entender un mal necesario como los discursos vacíos, la disciplina de partido y los rituales del universo ideal paralelo generado.  “Así es la política” pensaba yo. Mientras más tiempo paso en los Piratas, más me molesta el lado oscuro del negocio político.

El principio del final de mi marcha por la instituciones fue un acontecimiento, en sí mismo insignificante, en el congreso federal de las juventudes socialdemócratas en abril de 2002.  Las juventudes de la asociación regional de Renania del Norte-Westfalia  entregaron una propuesta para ser subvencionada, donde reivindicaban “centrales carboeléctricas no contaminantes”. Como ardiente defensor del cambio energético no podía permanecer ahí en silencio y dejar que las cosas siguieran su curso sin más. Y en un espontáneo discurso de oposición expuse por qué las centrales carboeléctricas siempre van a producir inevitablemente gases residuales contaminantes y que el mantenimiento de la adhesión al carbón entorpece el crecimiento de las energías renovables. El representante de las juventudes de Renania del Norte-Westfalia  no aportó ni un solo argumento objetivo en contra. En lugar de eso simplemente se limitó a preguntar, cómo era posible que a la delegación de Bayern se le ocurriera desestimar la propuesta. Pero yo no me expresaba como representante de mi asociación regional, sino como  una persona con ideas propias y además, a mi entender, con buenos argumentos. La responsable de mi delegación me increpó: en lo sucesivo debía, por favor,  acordar previamente las intervenciones individuales. Las propuestas de Renania del Norte-Westfalia por lo general no deben ser contravenidas, pues se depende de los votos de la que es la asociación regional con mayor número afiliados para asegurar la mayoría en la votación de las propuestas propias.

Así es como se hace en política.

La constatación de que marcar el ritmo del poder político puede ser más importante que la discusión de los argumentos, impregnaría la era Schröder. Cuando un gobierno central regido por socialdemócratas estableció con el subsidio mínimo por desempleo y la Agenda 2010 el supuestamente inevitable recorte social extremo, y tras el parapeto de la lucha contra el terrorismo se redujeron los derechos civiles, ignorando al mismo tiempo a la base del partido, que quedó aparcada a un lado a la izquierda, entonces aumentó poderosamente la frustración y la impotencia que se iba acumulando.

Como si la mujer que amaba me hubiera traicionado, así me sentía yo con el partido en que había volcado toda mi esperanza, rabiosamente decepcionado.

Y ahí fue cuando conocí a los Piratas. Eran jóvenes, fresco, creativos, con ansias de hacer, de alguna manera diferentes y nuevos. Querían apostar por una mayor democracia, por la participación, por la transparencia del Estado en lugar de la de los ciudadanos. ¿Cualquiera puede formular, discutir o  votar una proposición online? Eso era una cualidad revolucionaria para redescubrir la democracia. Nosotros, las juventudes social-demócratas teníamos que luchar mediante listas de firmas contra la Agenda  de Schröder de 2010, y además fuimos por ello tachados de románticos izquierdistas ilusos que le hincan el puñal en la espalda a su propio Canciller. ¿Y me dicen que ahora los posicionamientos no tienen que ser escritos por comisiones de expertos sino por personas, como tú y yo?

Sobre los Piratas hay una amplia gama de errores fundamentales en circulación. Cada quien proyecta en ese partido lo que a él mismo le gustaría ver, o pensar. Los Piratas según esto serían un partido internauta, un partido protesta, un partido de humor,  una colmena de caóticos, unos que no tienen ni idea y en realidad ni siquiera un programa, unos que quieren acabar con la propiedad intelectual y conseguirlo todo de balde, ellos serían el nuevo FDP o los nuevos verdes. Y todo esto no es falso, pero tampoco cierto.

Yo creo que lo que diferencia a los Piratas de otros partidos es que actúan de manera sincera  y natural, sin perder el contacto con la realidad o sin parecer artificial, con todo ensayado y pautado de inicio a fin, ellos hablan sencillamente normal y no de forma manida. Y eso  lo nota la gente, que se siente de pronto algo más respetada. Y en lo relativo a sus compromisos con  la democracia, la participación y la transparencia, le otorgan a las personas la sensación de que tienen un rol y una opinión que cuenta, con valor y peso. No se trata solo de un par de decisiones populares más, sino de una permanente retroalimentación del partido con sus bases y de la política con el pueblo: un mecanismo de feedback, inspirado en las formas de internet.  Donde los viejos partidos temen la anarquía de la muchedumbre, los Piratas confían en la sabiduría de la masa, la inteligencia del enjambre. Por esa creencia en que los Piratas no solo quieren, sino que también hacen,  mayor democracia, es por lo que han sido elegidos varios parlamentos. No por internet.

En las elecciones europeas de junio de 2009 estaba en la cabina y no sabía, por primera vez, si quería escribir mi cruz en la casilla del SPD, pues la campaña había sido demasiado miserable. ¿Pero a quién se vota entonces, para evitar que impere una política conservadora o neoliberal, si no es al SPD o quizás también a los verdes? Un trimestre más tarde, 847.870 ciudadanos se decidieron en las elecciones generales por el partido de los Piratas, y no porque creyeran en el ingreso de estos en el Parlamento, si no por la desazón que les produce el menú del paisaje político.

En la batalla electoral por el Ayuntamiento de Berlín, los Piratas izan las velas con progresivas propuestas social-liberales (publicación de contratos estatales con empresas privadas, separación de Iglesia y Estado, derecho de sufragio para todos los jóvenes, salario mínimo interprofesional como pasarela a una justicia social, la inteligencia del enjambre vía internet) y con carteles geniales, cool, sin caras retocadas de políticos  encorsetados, sino con personas “normales”, que no han consumido toda su vida junto a la trayectoria del partido.

Cuanto más me sumergía en la leyenda del software democrático de este nuevo partido, más me iba conquistando, y finalmente convenciendo. Este experimento de apostar por una democracia concebida como transversal es infinitamente más interesante que quedarse chupando banquillo y simplemente mirar. Por eso me he hecho Pirata, y permanezco siendo socialdemócrata.

Los Piratas son el único partido que explícitamente permite entre sus filas miembros con doble afiliación, es decir, vinculados también a un segundo partido.

 

„Vielen Dank!“ y „muchas gracias!“ por traducirlo a Asesores de Comunicación Pública